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La decadencia de la regia virilidad

Hay varios casos en la historia de Europa en los que la presencia de disfunción eréctil en la persona de alguno de los monarcas ha supuesto un cambio radical en el rumbo de los acontecimientos.

historia de europa

De entre ellos, se han seleccionado los eventos derivados del “mal de impotencia” que sufrieron Enrique IV de Castilla -apodado “el impotente”-, Fernando el Católico, y Carlos II, “el rey hechizado”.

Los resultados de la poca o nula capacidad para la cópula en algunos cruciales momentos de su vida supusieron un inesperado giro de las circunstancias y marcaron el destino de su país y del continente.

No cabe la menor duda que de haber existido en sus tiempos un fármaco realmente efectivo contra el trastorno que padecieron, la historia de Europa podría haber sido diferente.

Enrique IV “El Impotente”

Matrimonio con Blanca de Navarra

Del matrimonio entre Juan II de Castilla y María de Aragón nació Enrique en 1420. Desde su temprana infancia fue muy enfermizo y poco comunicativo, además de sufrir varios ataques de melancolía.

Se casó joven con Blanca de Navarra quien, según las crónicas, era una bella mujer.

Sin embargo, los años pasaban y Enrique no conseguía descendencia. Ésta fue una de las circunstancias que provocaron el nuevo matrimonio de su padre, Juan II, quien había enviudado en 1445.

De su enlace con Isabel de Portugal nacieron Alfonso y la futura Isabel la Católica. Mientras tanto, el príncipe Enrique le echaba las culpas de su infructuosidad a Blanca, alegando que era ella la incapaz de consumar el acto sexual.

Un diagnóstico detallado

El caso se investigó de varias maneras. En primer lugar, un sacerdote fue enviado a los burdeles segovianos para indagar sobre la hombría del heredero.

En presencia de Enrique, las prostitutas alabaron su buena dotación y virtudes amatorias. Por otro lado, ciertas damas de la corte exploraron la vagina de Blanca, y dictaminaron que el himen aún estaba intacto.

Al mismo tiempo, un médico alemán llamado Hyeronimus Munzer, estudió a fondo a Enrique y sacó la siguiente conclusión: “El órgano copulatorio es débil y escuálido en su base, con frágiles tejidos ahí, pero luego se ensancha hacia una longitud considerable y una desproporcionada cabeza. Esto último impide que la erección se complete pues el resto del órgano no puede sostener tamaño peso“.

Matrimonio con Juana de Portugal

En 1453 los príncipes se divorciaron, y dos años más tarde, tras subir al trono de Castilla debido a la muerte de su padre, Enrique se casa con Juana de Portugal.

Por entonces, abundaron los rumores acerca de la impotencia y presunta homosexualidad del nuevo monarca. Se decía que mantenía romances con los norteafricanos de su guardia, así como con su íntimo amigo Juan Pacheco -marqués de Villana- y un tal Beltrán de la Cueva.

El dudoso origen de “La Beltraneja”

Al fin, en 1461, Juana de Portugal alumbró a una niña a la que también llamaron Juana, y que sería conocida como “la Beltraneja”, pues su paternidad era atribuida a Beltrán de la Cueva, quien casualmente fue nombrado conde poco después del nacimiento de la princesa.

Más tarde, se produce una rebelión contra el rey de Castilla encabezada por Juan Pacheco -el antiguo predilecto de Enrique- y otros nobles.

Tras la batalla de Olmedo, Enrique firma el tratado de Toros de Guisando, mediante el cual anula a “la Beltraneja” como su sucesora y nombra heredera a su hermana Isabel, pues Alfonso –el primogénito- había muerto poco antes en circunstancias no esclarecidas.

Tras tomar esta decisión, el monarca castellano es abandonado por su enfurecida esposa y, aunque había prometido a su hermana Isabel no casarla contra su voluntad, intenta urdir un matrimonio entre ella y el rey de Portugal, Alfonso V.

Al mismo tiempo, las cortes de Castilla intentaban convencer a la futura reina para que se casase con el príncipe heredero de Francia.

Castilla y Aragón se unen para la posteridad

Finalmente, en medio de estas tensiones políticas, fue Juan II -soberano de Aragón- quien tras sugerir al entorno de Isabel que lo mejor para la princesa era el matrimonio con su hijo Fernando, logró su ansiada alianza con Castilla.

Tras una cruenta guerra civil entre los seguidores de Isabel y los de Juana “la Beltraneja”, los reyes católicos comenzaron a regir los destinos de la unión de reinos que constituiría los cimientos de la futura España.

Reflexión histórica

Después de leer estas líneas cabe preguntarse qué habría sucedido si los médicos de la corte de Enrique IV, considerado por el doctor Gregorio Marañón como “un degenerado esquizoide con impotencia relativa… displásico eunuco con reacción acromegálica”, hubiesen puesto a su disposición un medicamento realmente válido contra la disfunción eréctil.

¿Habría conseguido el regio varón fecundar a su primera esposa? Probablemente sí, y en este supuesto quizá Isabel no habría tenido posibilidades de subir al trono o, ni siquiera habría existido, por lo que el mapa de la península ibérica sería hoy bien distinto, y quizá nunca se hubiese forjado el imperio español, ni su preponderancia en la Europa de aquellos tiempos.

Fernando “El Católico”

Fernando el católico murió por comer testículos de toro

Un joven enérgico y su descendencia

En su juventud, el rey Fernando el Católico fue un hombre enérgico, tanto en el terreno político como en los asuntos de alcoba. Engendró ocho hijos con Isabel y otros cuatro -que se sepan- con diversas amantes.

Junto a Isabel modernizó el país, centralizó el poder y levantó los cimientos de uno de los estados-nación más antiguos de Europa.

Su primogénito, el príncipe Juan, heredero de la corona, murió joven a consecuencia de los excesos amatorios que cometió con su joven e insaciable esposa, según las crónicas.

La segunda en línea sucesoria, la infanta Isabel, falleció de sobreparto, por lo que los derechos dinásticos recayeron en la tercera hija: Juana la Loca.

Juana se casó con Felipe el Hermoso, un príncipe de la casa de Borgoña con el que tuvo un hijo llamado Carlos, futuro heredero de un inmenso imperio.

Un anciano inconformista

A Fernando el Católico no le agradó el curso de los acontecimientos, ya que no deseaba ver a su querido Aragón en manos de un Habsburgo.

Por esta razón, viudo ya y anciano, se casó en segundas nupcias con la joven princesa francesa Germana de Foix. Tenía la intención de procrear un hijo que heredara el reino aragonés.

Trágica ingesta

Según las crónicas de la época, desgastada ya su hombría por una prolongada vida repleta de contingencias de toda clase, en la noche de bodas fue dado a tomar un bebedizo elaborado a base de testículos de toro que le provocó la muerte.

Aunque el experimento le costó la vida, Germana quedó preñada. Sin embargo, el vástago murió pronto y no pudo encarnar las intenciones de Fernando.

¿Qué habría sucedido de existir en aquellos tiempos un tratamiento más seguro que los testículos de toro?

Quizá, el rey ibérico habría vivido más tiempo, y aunque las consecuencias de este hecho en el devenir histórico son difíciles de imaginar, probablemente se habría desviado el curso de lo sucedido en toda Europa.

Carlos II “El Hechizado”

Carlos II el Hechizado no pudo engendrar

El amargo fruto de la endogamia

Carlos II fue el último monarca español de la dinastía de los Austria. Constituyó el producto final de varios enlaces consanguíneos -con todas las desventajas genéticas que este hecho trae consigo-.

Además de padecer litiasis renal, trastorno hipocondríaco, artritis gotosa y epilepsia, sufría una esquizofrenia paranoide. Su gran debilidad corporal, retraso intelectual y penoso aspecto físico marcaron toda su vida.

Matrimonio con María Luisa de Orleans

A los catorce años entró en nupcias con María Luisa de Orleans, sobrina del rey de Francia. Al pasar los meses y no obtenerse el deseado embarazo, se desarrolló una investigación médica que obtuvo las siguientes conclusiones: aunque a veces era capaz de penetrar -no sin grandes fatigas-, Carlos padecía disfunción eréctil y eyaculación precoz.

Sobre la fertilidad de su semen hubo discrepancias, pero este hecho no tiene valor al carecerse en aquellos tiempos de los conocimientos y medios necesarios para analizar el esperma y efectuar un dictamen válido acerca de las cualidades de este.

Tal era la trascendencia política del deseado embarazo, que ciudadanos de todos los países de Europa estaban pendientes de los resultados de las intentonas del joven Carlos.

Matrimonio con Mariana de Neoburgo

La pobre María Luisa falleció sin descendencia, y el “rey hechizado” fue casado con la robusta alemana Mariana de Neoburgo. Las crónicas de la época la describen como una mujer orgullosa, fría y calculadora. Además, se afirma su confabulación con un médico compatriota para fingir embarazos que siempre terminaban en ilusorios abortos.

El pobre Carlos fue sometido a diversos tratamientos y exorcismos que sólo consiguieron potenciar su hipocondría. La salud de su país coincidía con la del monarca.

España se vio sometida en esos tiempos a una larga serie de calamidades que fueron desmoronando el imperio, cuyos restos pugnaban por repartirse potencias emergentes como Inglaterra, Francia u Holanda.

Degeneración de un imperio

En el año 1700, Carlos murió sin descendencia. La concesión del trono hispano a la dinastía borbónica en la figura de Felipe V provocó la guerra de sucesión, cruenta contienda que finalizó con el tratado de Utrecht, el cual supuso para España la pérdida de grandes ventajas comerciales en América, valiosas posesiones europeas, Gibraltar y, de forma temporal, Menorca.

¿Habría ayudado al “hechizado” un poderoso estimulante sexual sin menoscabo ni contraindicación para su precario estado de salud?

La incertidumbre de la respuesta a esta pregunta siempre quedará en el aire, pero en caso afirmativo muy probablemente el destino de Europa y del mundo entero habría transcurrido por cauces diferentes.

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